Omitiendo el desinterés, e ignorando la falta de éxito, voy a decir como si alguien estuviera pendiente de ello: ¡Sí! Reaparecí después de tres semanitas moviditas con material nuevo. Para cumplir con lo prometido, aquí la parte II de La cosa atrás de la puerta, el cuento de Terror que empecé a postear ANTES de salir de vacaciones para Mendoza.II
Habiendo estado en esa casa por casi un mes, no me estaba dando cuenta que las alimañas se hacían cada vez más presentes. En el principio veía a pocos metros de mí una simple hoja de papel caer al piso estando yo en un sillón, o quizás oía una puerta entreabrirse lo suficiente como para dejar pasar a alguien... aunque no veía que hubiera alguien detrás de ella. Pensaba tontamente que era el viento, pero el estado de rigor mortis del clima, y la posición de los objetos afectados lo hacía siempre simplemente imposible. Atribuía, de todos modos, las pequeñas manifestaciones de las alimañas a corrientes entre los tablones de madera de los pisos o de las paneleadas paredes. Pero cada vez que tiraban algo, movían algo, o provocaban algún sonido, sentía una cosquilla en mi pecho, oculta, apagada, casi imperceptible; que me avisaba que no estaba solo. Cada pequeño incidente inexplicable en nuestra vida es un acto de las cosas. De los sátiros que cambian nuestros papeles de lugar, o vacían la mitad del vaso en nuestra mesa de luz... actitudes que sabemos que nunca llevamos a cabo, y que intentamos atribuirnos alegando nuestra distracción. Y me imagino que todos sentimos la misma puntadita del lado de adentro del esternón. Son como mariposas en la boca del estómago... mariposas putrefactas y rancias... cosquillas dadas por una mano huesuda y fría incluso más grande que la de la misma muerte.
Y aquella noche estaba sintiendo la cosquilla. La sentía de una manera especialmente calurosa, como un beso que se me estaba dando desde adentro del estómago. Un beso leve... un beso funesto que encrespaba hasta el último de mis nervios. Y yo estaba esperando que cesara la tormenta eléctrica para irme a dormir. Por alguna razón entonces inexplicable, la tormenta me tenía tenso. Y con cada temblor vago de la tierra, que venía después de cada resplandor celeste lejano, o con cada estallido reverberante que venía junto a los grandes flashes eléctricos, sentía como mi coraje y mi lógica se desmoronaban. Y mientras tanto oía la copiosa lluvia caer, ya como una cadencia rítmica que hacía bailar mi espíritu una danza cambiante, de final desconocido pero sospechable.
Los días más recientes, quizás después de completada la primera quincena del mes, había estado sometido a los contactos más cercanos de las alimañas. Había percibido sus señales más claras. Oía, de vez en cuando, a alguien llamándome por mi nombre; por lo bajo, en un volumen al límite de la alucinación auditiva, para al instante darme vuelta y ver, como hubiera sido lógico, que no había nadie, porque era el único en la fortaleza de piedra, quizás demasiado grande. Sentía pequeñas cosquillas en algún hombro, como una mano casi de éter que trataba de llamar mi atención. Me daba vuelta, y también veía la nada... la falsa nada. Las peores manifestaciones ocurrían frente al espejo. Cuando me miraba fijamente a los ojos, o mejor dicho a los ojos del espejo, veía sobre el rabillo una figura humana, lejana, difusa, que se movía o que pasaba. Darme vuelta o concentrarme en ella sólo me revelaba que no había humano alguno allí. De hecho, no había nada a la vista...
No les di suficiente importancia a cada uno de estos repetidos actos, porque a todos nos suelen pasar. Todos solemos vivir pequeñas experiencias como estas... y por supuesto, les restamos importancia. Pero en realidad son todas pequeñas apariciones de las alimañas que están alrededor nuestro... porque ellas están con nosotros cada vez que estamos solos, y existen, y nos acompañan...